domingo, 6 de marzo de 2011

Los Jardines del Triunfo

Cielos despejados o nubosos, mentes ralentizadas, esperanzas a flor de piel y un bullicio de tranvías, gentes de a pie, ya paseando, o caminando hacia cualquier lugar.

Los jardines del Triunfo, como resbalados de la antigua plaza de toros a cuya sombra los vecinos consumían largos ocios de parados, eran unos jardines pobres, mal cuidados, pero que ponían notas de verde frescura a una zona amplia, cercana a la vega, barrios aledaños al campo.

Por allí sesteaban a la sombra de la arboleda, paseantes desocupados, vecinos de la “Cuesta de la Caba”, o de la de de San Antonio, de la calle Real y los que moraban al socaire del Tambor entre pitas y chumberas.

Otros parecían sembrados, o acaso sentados, o apoyados sobre el muro de ladrillo de la mole del coso taurino dormitaban a la sombra en los veranos y tomaban el sol en los inviernos. Se despiojaban, conversaban sobre todo, lo divino y humano, menos de política, “prohibido fumar”, o simplemente estaban. Alguno con vara de almendro rígida y nudosa, ella, con clavel prendido a la greña, pañuelo de colorines. A veces pedían limosna, o vendían baratijas, oropeles, canastos de mimbre. Se echan culos a las sillas de anea, Se dice la “buena ventura”. Se esquilan burros. “ Tomás Sánchez veterinario, botones de fuego, herraduras”.

Las gentes que tomaban el sol mañanero vivaqueando en la solanera de la mole de la plaza, al medio día se marchaban, cada cual hacia su casa, con prisa o despacio, para volver al día siguiente, fieles a su trabajo, aunque no existiera el salario, que al hombre parado lo tienta el pecado.

Mulas que tiraban de carros, toros escapados del Parque de Intendencia, soldados de paseos vespertinos, daban vida y animación a un ambiente de resonancia de atonía.

La ciudad dormitaba después de los sobresaltos de los últimos acontecimientos llamados guerra, la paz asomaba a las mentes y se diluía antes de llegar al suelo. No obstante la vida transcurría lentamente, sin pena, ni gloria, sin sobresaltos, días, meses, incluso años, sin otra novedad que la rutina vestida de monotonía, adobado con abulias y sueños de miseria, estómago encogido.

Tras la plaza, hacia el norte se eleva el Hospital Real, gótico tardío, fachada con adornos platerescos. Cobijando en la zona sur La Maternidad de pobres y el resto de la noble construcción se dedicaba a Manicomio, albergue de gentes que han perdido la cabeza, ya sean pobres, o ricos, altos o bajos, que la testa se pierde en cualquier lugar, sin tener en cuenta ni a la persona , ni a su estado civil. El edificio fue levantado a principios del siglo XVI para albergar enfermos, construido en forma de crucero, en cuyo centro se situaba el altar para que los pacientes, digna palabra, pudieran seguir la Santa Misa desde sus camas.

Cabe decir que hoy no tiene esa misión tan inapropiada. La Universidad y algunos de sus servicios se ubican en estas estancias nobles y añosas.

Se añade, que desde hace bastante tiempo sobre el solar de la plaza de toros vieja y sus terreras adyacentes, se levantó una fuente hermosa, saltarina y de colores.

La Virgen del Triunfo fue traía con su alto pedestal a este lugar desde la zona oscura detrás de la Escuela de Magisterio. Así mismo se plantaron árboles y unos jardines en cuesta hasta la hoy Avenida de la Constitución, antes de Calvo Sotelo, que luce una zona grata y limpia.

Los “jardincillos” abandonados , o poco cuidados, seguían al costado en paralelo de la mencionada Avenida de Calvo Sotelo, adornada con un bulevar y plátanos de paseo que daban sombras gratas a los caminantes, abanicados con las brisas que subían de la Caleta, todo ello desaparecido, jardines, bulevar, árboles, cuando se pensó en dejar espacio para los coches, esos trastos que tanto nos agradan y se construyeron enormes bloques de hormigón y ladrillo, ahora se intenta recuperar lo destruido pero el tiempo no es propicio y sólo se consigue un parcheo que al fin no está mal del todo.

En estos espacios ajardinados tenían lugar distintos trapicheos semiocultos por las sombras de la arboleda. Alguien sesteaba esperando la llegada del tranvía de la vega, que venía con sus ruidos metálicos, asustando niños, espantando gorriones. Los dichos vehículos daban la vuelta, aquí mismo, en la puerta del Bar Parada, donde se podía apagar la sed tomando cerveza fresca y aceitunas verdes de tapa, vino fino o de la costa que se servía fresquito en verano y caliente en los inviernos para fortalecer el cuerpo.

Mientras llegaba el tranvía, un camarero con chaquetilla blanca aparejaba la mesa para que el cliente tomase una sopa de picadillo, sevillana, o de mariscos. Arroz a la valenciana, rabo de toro por el Corpus, callos y caracoles, para los melindres y delicados, con salsa picante y pan para mojar. Los austeros soñaban a la sombra de una palmera con la pronta llegada del vehículo que los llevaría, ya despiertos, a sus reales en Santa Fé, Pinos Puente, o Maracena.

Durante la velada, estos lugares solían ser visitados por comerciantes del sexo, prostitutas venidas a menos, trabajadoras sin salario, ni seguridad social, sometidas además a insultos y perseguidas como delincuentes.

Se solían ver soldados escapados de Cuartel de la Merced, estudiantes aliviando asignaturas y, maricones camuflados para evitar redadas.

El variado personal ocupaba cada cual su parcela, juntos pero no revueltos. Los “grises”, con fusil, pistola, defensa y barboquejo, daban vueltas buscando sin encontrar lo que estaba a la vista, que el chalaneo amoroso al fin de cuentas no era grave y nadie decía a lo que iba.

Los invertidos, clase desprestigiada y oprobiosa, fingían una virilidad que les atosigaba como un corsé de hierro, eran el detritus de una sociedad hipócrita que se asustaba de todo, de cualquier cosa relacionada con el sexo especialmente si iba contra natura, acaso ignorando lo que significaba lo aludido, sin embargo no sentía el mínimo rubor antes los corruptos o los malos políticos, loados además como seres honorables.

Los homosexuales eran objeto de medidas disciplinarias, arrestos gubernativos, quincenas u otros castigos. De igual modo, se sancionaba a sus camaradas prostitutas.

Se les solía aplicar la llamada Ley de Vagos y Maleantes, que por eufemismo se convertiría con el tiempo en Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social. Estas medidas se tomaban siempre con la sana intención de que dejaran el vicio. En cambio no se intentaban curar los resfriados con unos días de arresto, a pesar de ser tan frecuentes como los maricones.

Otros visitaban estos lugares con peores intenciones, algunos hacían pequeñas estafas aprovechando el personal que siempre andaba al filo de lo ilegal.

Todo este trapicheo se desarrollaba en el recinto del los jardines, a dos pasos, a tiro de piedra, de la Escuela N0rmal de Magisterio y cerca del Instituto del Padre Suárez, donde la ciencia tenía su asiento, además de la enseñanza y las buenas costumbres. Allí llegaban los ecos de los vicios que pululaban cerca, no solo en los jardines, sino también en la explanada que, oscura y despoblada, se extendía a la sombra de la citada Escuela Normal, parcela reservada a las prostitutas envejecidas que por módico precio aliviaban ardores del sexo, que no respetaba, ni respeta normas, vulnera leyes y bandos, ofendiendo la moral y la decencia.

Todo , al socaire de las tininieblas, aunque se oyeran las lecciones de conducta y ética, salidas del Centro de la sabiduría a través de las ventanas.

Para evitar estos males, con el tiempo se borraron los Jardincillos y en su lugar se instalaron los consabidos bloques de ladrillo.

En una zona cercana, a la izquierda de la avenida, que escapó a la especulación, se elevan una docena o más de árboles y algunos objetos de adorno, un pequeño parque, dando vida a la zona. Además de un colegio infantil.

Tiempos para contar, para mesarse el cabello y no echar gota.

Granada, años cuarenta del siglo XX.

Dionisio Carrillo Robles.


domingo, 20 de febrero de 2011

FERIA CHIQUITITA

Las primeras lluvias ponían fin a los veranos calurosos, si bien las noches solían ser frescas y soportables aptas para comer melón o sandía en plena calle, en aquellos puestos callejeros con su peso de platillos y colchón que luego servía de cama al guardián de fruta dulce y refrescante. Años cuarenta y cincuenta del siglo pasado.

A la feria de San Miguel venía la banda de música del Ave María con su maestro de andares de mecedora y niños músicos uniformados con el vestido del colegio, un babero con rayas y fila de botones. Tocaban piezas ya ensayadas por el Paseo de los Tristes, mirando a los palacios de la Alambra.

“Los Tristes” hacían referencia a los que llevaban camino del cementerio para subir por la Cuesta de los Chinos, hasta auparlos al Campo Santo con miras a la sierra, en lo alto de la colina que se asoma al valle del Genil.

Los músicos jóvenes no estaban tristes, tampoco alegres, el lugar y otras muchas cosas mantenían serio el semblante, sin embargo en la feria todo era alegría y prisas por comprar o ver los puestos en ese mercadillo improvisado levantado a lo largo de la calle de San Juan de Dios.

Tenderetes de escasa valía que vendían frutos del tiempo: azufaifas, acerolas, almecinas, nueces, membrillos amarillos, castañas, tortas “salaillas”, jallullos, palomitas de maíz, roscos de vino, pestiños enmelados con azúcar morena de caña, agua de Alfacar, anís del mono, trozos de hielo coloreados con esencias, barquillos de galleta, todo adobado y dispuesto para los curiosos y paseantes. Una algarabía que permitía, ocasión única, para hablar con pretendidas aspirantes a novias o para ojear los puestos de frutas y al personal femenino.

Por allí andaban las púdicas y recatadas, la de tímida mirada, la de ojos negros y profundos, la de andar de pajarita, la alegre de rostro y guapa de cara. Mozos marchosos y bravos, arrieros sin recua de burros que sacaban arena del río Genil, agotado el oro, engreídos, osados, otros tímidos, los del pelo engominado, los chulapos de la calle Real, del Barrio de los cebolleros, del Barranco de San Isidro, Cercado bajo de Cartuja, calle de Elvira y los señoritos de la Plaza del Triunfo.

Los cohetes anunciaban al cielo, en subida de ilusiones rotas, que había llegado San Miguel Arcángel, vencedor de demonios, espada flamígera y alados miembros, guardián del éter, de moradas celestiales y de la feria de San Juan de Dios y su basílica. La gente con la mente puesta en el Santo, amigo de pobres, mendigos y lisiados, ahora alegres con la feria menuda, feria de populares resonancias, sin aglomeraciones, sin famosos. Gentes del pueblo llano. Soldados, chachas sin cofia, amas de casa que dejaron el cocido al rescoldo del anafe. Dependientes de comercio, oficinistas de escaso rango, empleados de Paco de la santa, carreros, peones de la vega. Algún sargento luciendo galones venido del cuartel de Infantería, antiguo convento de la Merced. Otros del parque de Artillería, o del de Intendencia, situado cerca de la Virgen del Triunfo subida en alto pedestal. Junto a ella, un monolito recordando donde fue ajusticiada Marianita Pineda. Al fondo la fachada de la Escuela de Magisterio.

Feria menuda, inquieta con su aire de otoño, primicia fresca de invierno, feria de otros tiempos cuando los santos andaban por la calle haciendo milagros y las gentes les besaban las manos, gentes sin movidas, ni cubatas, austeras a la fuerza, esperando, la lluvia o el sol para tomarlo gratis. Vida sencilla, simple, de escaso porvenir, pero alegre.

El tranvía avanzaba entre la multitud a paso lento, que no se hizo para carreras de velocidad. El gentío se apartaba y el conductor, pie a tierra, con una maroma asida al trole lo cambiaba de sentido para reemprender el recorrido y otra vez volvía alegándose del jolgorio de la feria calle abajo hasta perderse por los aledaños del Monasterio de San Jerónimo.

Los soldados ponían las notas kakis de sus uniformes, con gorro, el ros de borla juguetona, caminaban en formaciones deformadas. Antes de marcharse tomaban copas en el bar Zeluán que con permiso de la Autoridad cerraba sus puertas en la madrugada, allí se tomaban la “espuela”y a dormir la mona en el cuartel.

Alguno se entonaba cantando una media granadina o un fandango,” prohibido el cante”.

La feria languidecía pasadas la doce de la noche. Ya en la madrugada, se iban los jóvenes, después los mayores y se apagaban las luces de carburo de los puestos, tenderetes donde se exponían las frutas. Los matrimonios con niños, los solteros en pandillas y los vecinos cerraban los balcones desde donde admiraban las alegrías ajenas. Cesaba el jolgorio, el viento levantaba como pájaros asustados, papeles que envolvieron chuchearías, perros callejeros ramoneaban desperdicios, mientras algún gato hacía la ronda por el tejado a la luz apagada de una luna que pugnaba por salir de una nube que el vientecillo de la sierra alejaba hacia poniente.

Fin de feria de una sola tarde, acaso de dos, o de tres. Un vejete con mono azul y gafas de miope recogía su mercancía de ricacho. El resto de lo que fue un paquete de tabaco, media docena de sorpresas, un trozo de hielo que goteaba, dos barriles pequeños de esencias de colores, un par de pasteles, unas barras de regaliz, chufas y un pipote con agua de la Fuente Grande. Un pobre comerciante de la calle de Elvira venido a más.

Dos barrenderos aparecidos de entre un grupo de mirones comenzaron a limpiar la calle, no andaban muy despejados de ánimo, la escoba era la única que daba señales de vida, mal trajeados, mal pagados, aún así daban golpes de escoba con más esfuerzo del que parecían tener.

Poco a poco todo quedó como estaba antes del espectáculo. Feria de escasa resonancia, pero de grato sabor.

En el silencio de la noche un toque de trompeta rasgaba los aires. Era la hora de dormir el soldado. Soldados del cuartel de Infantería que se ubicaba de manera provisional desde hacía varios años en el mencionado Monasterio de San Jerónimo y ese silencio anunciado se expandía por las calles y hasta los gatos lo acataban. La voz de la autoridad.

Dionisio Carrillo Robles.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Riberas del río.

Pasadas las últimas casas de la ciudad aparece la vega en toda su plenitud, sin transición, junto a los murmullos de conversaciones abanicadas por el viento.
El río Monachil muy mermado su cauce separa dos mundos.
A la derecha una población heterogénea, casas pobres, levantadas en medio de maíces y trigos, familias numerosas, niños jugando en plena calle, una estrecha carretera y acequia bordeándola, sin protección, corriente peligrosa.
A la izquierda, los sembrados, mazorcas de maíz de granos escondidos, alfalfa para el ganado, tabaco, prohibido fumar, hojas anchas, rastrojos de trigo, de cuando en v
ez se oye el motor de un tractor, ya no hay parejas de mulos o bueyes arando las tierras, ya no se ven los escardadores encorvados moviendo la tierra de la sementera, arrancando las malas hierbas, han desaparecido los segadores, trabajo duro, héroes de la hoz, el fresco de la tarde hace risueño el paisaje, cuando se acerca la noche, un concierto de grillos rompe el silencio, empiezan a lucir con guiños las estrellas contempladas al rebujo del patio o a pleno campo; grillos después del concierto de cigarras, naturaleza viva, ambiente rodeado de animales amigos y colaboradores.
Un mundo desaparecido con la llegada de las máquinas. Junto al ladrillo
y el cemento crece el tabaco, a su lado el maíz. De vez en cuando aparecen tierras de barbecho, tierras que descansan o se fertilizan esperando la nueva simiente, eras de hortalizas, bancales de alfalfa y más adelante el parral con los racimos columpiándose al socaire del viento, luego los olivos como ejército en retirada, ya en las estribaciones de la sierra asoma Gójar. Pasado este pueblo que dormita sueños de siglos, recostado sobre una tierra en declive, surge una elevación del terreno que ya anuncia la montaña, carretera estrecha y sinuosa sombreada por frutales, alguna higuera y manzanos, chopos en hilera refrescan el camino. Más adelante aparece el secano, la tierra que produjo el pan de nuestros mayores esperando la mano del urbanizador que la convierta en parcela, solar donde surgirá una, o un grupo de casas unifamiliares. Campos de la tierra andaluza, reseca pero pródiga que ya languidece o se transforma en erial. El rastrojo
que domina la cima habla de la cosecha, ahora ennegrecido después de un fuego voluntario dando aspecto de ruina a una zona otrora verde, riberas del río.
Una pequeña hoya limitada hacia levante por un barranco poblado de zarzamoras, juncos y álamos reverdecidos a causa de un mínimo arroyo de aguas vivas, casi invisibles por el estiaje dando esplendor a todo lo que tocan, aguas cristalinas, murmuradoras, como una línea de plata sobre la parda tierra, más adelante entre la maleza, semi derruida la alberca que en otro tiempo almacenara el agua para regar los trigos y acaso una sementera de patatas y una era de hortaliza. La casa en ruinas que fuera colmena de vida aparece quejumbrosa, revueltas la tejas, vacíos los corrales, sin puertas las ventanas que daban luz a habitaciones hoy llenas de telarañas, enmohecidas las rejas. Al sol saliente una placeta de tosco empedrado y fuente con abrevadero, un pequeño muro de ladrillo que servía de asiento además de separar la placeta del jardín, éste, ya acusaba el abandono donde aún crecía en decadente anarquía el boj amarillo, leves azucenas y dalias. Una noguera robusta da sombra al conjunto y evita, en parte, la desolación y abandono reinante. Sigue en dirección al arroyo los restos de lo que fue una viña con alguna cepa verde pugnando por sobrevivir entre malas hierbas y zarzales. Pasado el barranco, el olivar famélico, enfermo, pone nota triste al espectáculo. Sin embargo todo esto fue un día no lejano, un lugar grato, lleno de vida mientras estuvo presente el ser humano, ya labrando la tierra, ya cuidando la plantas, generando vida con sólo su presencia, fue un lugar lleno de ilusiones, desvelos, añoranzas, risas y acaso llantos, vida con todo lo que lleva consigo.
Desde las ruinas de la casa, a tiro de piedra, no se ve pero se adivina el río de pequeñas cataratas, aguas frías nacidas en los n
everos de la sierra y Dílar con sus casas blancas, destacando la torre en pirueta hacia el cielo y encima del pueblo, el murallón de la Silleta separando las tierras que llevan a la laguna de El Padul, aguas en medio de praderas y sembrados. Más arriba, ya en plena sierra, asoman los Alallos, gigantes y majestuosos y El Trevenque, como cerro testigo surgido de la entrañas de la tierra.
Hacia el oeste se abre la llanura y el río hasta perderse en un horizonte lejano de lomas altas y prolongadas, es la vega donde emergen los pueblos de Otura, Alhendin, Armilla y las Gabias. En los aledaños asoma otro secano con rastrojos pincelando de amarillo el paisaje y sobre ellos algún chaparro o pino solitario, acaso añorando el pasado. Por esta zona han surgido como un milagro o vara mágica de hada una serie interminable de casitas con sus habitantes rompiendo un paisaje virgen. Un paisaje lleno de recuerdos de una vida que se escapa y muere porque todos queremos ignorarla, como a la urraca, nos deslumbra el brillo del ladrillo.
Antaño aquí reinaba una alegría sana junto a trabajos duros y exigencias múltiples. Las parvas en las eras, las bestias dando vueltas rompiendo con su pisadas las mieses, la trilla de cuchillas aceradas cortando, o machacando hasta convertir en paja las matas de trigo secas. Aventar era un trabajo grato, el trigo dorado iba apareciendo, el bieldo empujado por la mano del hombre lanzaba al aire las mieses trituradas, el trigo más pesado caía a pie del aventador, más lejos la paja y aún más separado, el tamo, una paja muy fina casi volátil. Pala, bieldo, horca y escobas para barrer, toda la familia en la era, alegrías, cantos y satisfacción, lleno el troje, lleno el pajar, el frío invierno, cuando llegue, no sorprenderá al previsor.
Un sueño de algo que pasó, una añoranza, una ilusión. La realidad es otra cosa.
Están mustias las eras, o han sido sembradas de casas, la tierra salvo en zonas bien regadas, amarillea, cría lagartijas y caracoles, cuando no alacranes, los olivos y los almendros resisten uno o varios años, agonizan y el desierto avanza, despacio, sin prisa, pero sin cesar, es posible que no llegue este año, pero si dentro de cien o acaso menos, mala herencia para los que vengan detrás.
Las cosechadoras, tractores y medios de comunicación y de transporte han silenciando, han escondido el medio rural, se han olvidado esos trabajos nobles, acaso duros, hoy velados, trasplantados los hombres a las ciudades, para vivir en casas colmena, donde se puede encontrar un trabajo bien remunerado, lugares de esparcimiento y recreo, quizás, un tanto engañoso pero atractivo.
Por esto se desertiza el campo, por esto y por otras muchas cosas languidecen lo pueblos y muchos seres padecen la agonía del árbol trasplantado, con problemas de aclimatación, lejos del natural donde nacieron y crecieron, los mayores, los ancianos
desorientados languidecen sentados en un banco, contando hormigas, haciendo señales en el suelo con el cayado, bastón de labriego, llevados a un lugar donde ríen algunos mientras ellos lloran, acaso estemos exagerando, acaso estemos equivocados, acaso las cosas no sean como decimos, tampoco queremos volver atrás , no se puede, ni se debe, ha mejorado la vida, es más larga, se han superado muchos dolores, hay comodidad, todo esto es bueno y razonable si no llevara aparejado el deterioro del medio ambiente, si no se olvidaran los orígenes, si no se abandonara lo que fue vida y lo que es más grave, mientras unos derrochan, otros que han tenido la mala suerte de nacer en lugar equivocado, mueren de abandono, miseria y tiranía.
Dionisio Carrillo Robles.

domingo, 31 de octubre de 2010

Ayer, hoy, mañana

Parece ser que en política todo es válido.

Parece que algunos políticos solo piensan en ganar el poder. Los comicios son válidos cuando no se coacciona la voluntad del pueblo.

A veces la coacción en forma de propaganda manipulada puede contribuir a la victoria.

Podréis gozar de la victoria, podréis abrazaros riendo.

Podréis disfrutar del triunfo, la victoria es legítima, es legal.

¿Acaso alguna vez ha sido ilegal la victoria?

Sin embargo, en lo más profundo del ser, ese ser que no nos acompaña en los jolgorios pero que se acuesta cada noche en nuestra cama, ese ser no está satisfecho, sabe que ni siquiera en la guerra vale todo.

Que no hay guerras justas, que todas son inmorales.

Podréis sentiros victoriosos, pero sabéis que la victoria grata se basa en la verdad.

La verdad y la razón son patrimonio de todos, como decía Montaigne.

Aunque los vencedores de estos tiempos, como los de siempre, suelen decir que la verdad y la razón se basan exclusivamente en la fuerza y en el poder.

Dijo el Cardenal Cisneros, cuando alguien cuestionó la legitimidad de su mandato, mostrándole desde su balcón a sus tropas armadas en el patio de armas: “Ahí está mi legitimidad y mi razón.”

Alguien, alguna vez nos pedirá cuentas, pedirá cuentas a los vencedores.

No se puede mentir o envolver la mentira con verdades discutibles.

No se puede insultar y descalificar sin pagar un precio, aunque hoy nos sonría la gloria.

¿Se notará alguna vez en el rostro del vencedor espurio, en la resaca de la victoria, la nostalgia del pudor perdido?

La propaganda hace, a veces, de mesnada. El poder de los medios de comunicación es más fuerte, seduce más, que las armas bélicas.

En principio nadie, o muy pocos, obran mal sin basarse, sin obedecer un mandato de las “alturas”, ya sean divinidades, patrias o impulsos privados. No todo lo obedecido es bueno, aunque buenas sean las fuentes de donde manan. Siempre se han sacrificado victimas a las divinidades y no sólo en los tiempos primitivos. Y a las patrias.

Nunca se ha desatado el nudo, siempre lo ha cortado la espada.

Hoy se impone la voluntad de las mayorías, pero también pueden manipularse.

No siempre los dictadores han nacido de guerras.

sábado, 27 de marzo de 2010

Juan Van Halen

VAN HALEN
Juan Van Halen y Sartí, nació en La Isla de León, San Fernando, Cádiz, el año 1,788. Hijo de Antonio Van Halen, teniente de Fragata de la Armada española y de Francisca Sarti y murió en 1,864 en Cádiz. Fue enterrado en el panteón familiar en el Puerto de Santa María.
Se casó con María del Carmen Quiroga, hermana del General del mismo nombre. Y en segundas nupcias con Clotilde Butler en 1.859.
Fue Teniente General, Capitán General de Cataluña, Mariscal de Campo. Varias veces encarcelado. Escapado de la prisión de la Inquisición. Huido a Francia, de allí pasó a Inglaterra y posteriormente a América. Labrador en Cuba.

Este breve relato está tomado de la Biografía de Pio Baroja titulada “Juan Van Halen Oficial Aventurero”, Biblioteca Nueva, Madrid 1,980.Obras Completas de Pío Baroja, Tomo VIII. Y tiene por único objeto satisfacer la curiosidad de un nombre extraño para muchos, que además de ser famoso, es aventurero y problemático.

Integrado en el espíritu de la época, especialmente el que reinaba en esa zona de España tan ligada al mundo exterior de donde llegaban las ideas de libertad, derechos y fr
aternidad, rechazadas como revolucionarias y contrarias a la tradición.
El ambiente familiar, como parece lógico le llevó a la milicia. Tomó parte en la guerra de Independencia contra los invasores franceses. Después, acaso influenciado por las doctrinas de la Revolución, fue "constitucionalista" de la primera Constitución española de 1,812, “La Pepa”, promulgada en la Isla de León.
Defensor del rey José Bonaparte y de la Constitución de Bayona, conspiró con Torrijos y fue juzgado y condenado a prisión.
Tomó parte en la guerra Carlista y luchó contra el General Cabrera en Aragón y Cataluña.
Masón, condenado a prisión por la Santa Inquisición, se fugó de la misma con la colaboración de Ramona, criada del Director del Centro Penitenciario, sobornada, o acaso enamorada del preso.

En el extranjero aparece como militar en Rusia. Guerras del Cáucaso. Con el grado de Mayor a las órdenes del general Yermolov, en Georgia y Chechenia.
En algún momento figura como Teniente General en el ejército Belga. Origen del apellido y de la familia afincados en España desde bastante tiempo anterior.

Las huidas al extranjero se suceden con vueltas a España, siempre de acuerdo con la política reinante, durante el reinado Fernando VII ”El Deseado”.
Los avatares de la política, unas veces lo llevaban a prisión y otras lo elevaban a puesto de responsabilidad.
Aventurero, preso y revolucionario.

Como uno de los hombres del siglo XIX, si no famoso, de personalidad muy destacada y pintoresca, su acción no sólo afecta a nuestro país, sino también a muchos otros lugares.
Un tanto ignorado, merece la pena dar esta reseña para recordar que ha existido. Como lo atestigua Pio Baroja, siempre ingenioso y preocupado por la vida y sus avatares, Juan Van Halen, figuraba en algunos diccionarios enciclopédicos y en el Monitor donde se mencionan sus escritos. Memorias y Narración de su huída de la prisión de la Inquisición. También aparece en Internet.
Dionisio Carrillo Robles.

martes, 22 de diciembre de 2009

¿HAN VENIDO LOS REYES?

Como todos los años, esa madrugada, día seis de Enero, me levanté medio dormido. Fui a ver la hora en el reloj que no funcionaba desde hacía muchos años y como parece lógico estaba parado, ausente. Sabía por experiencia que ya debían venir los Magos por la entrada del pueblo y no quería perderme su llegada. En este dudar me decidí. Abrí la puerta de la calle, hacía frío, me arropé para evitar la semidesnudez y llamé con insistencia a la puerta de la vecina.
-¡ Rosario, Rosario!.
Eran buenos vecinos, no se molestarían por mi impertinencia, que no lo era y sí una eventualidad de esas que suelen suceder, muy de tarde en temprano.
Insistí en la llamada. A poco Rosario abrió la puerta, no tenía buena cara; hay gentes que no les agrada que los vecinos entren en sus vidas.
Venía semidormida.
Antes de que hablara, le dije, con suma corrección:
-Rosario, por favor, dime qué hora es.
No me dio tiempo a continuar. Se marchó hacia a dentro y pensé “ha ido a mirar el reloj”,
Sin terminar mi juicio, apareció de nuevo con una sartén en la mano y sin previo aviso me dio un sartenazo que me dejó mal herido. Caí al suelo y como en sueños le oí que decía “ahora sí hay motivos para llamar a una puerta de madrugada” y llamó a su marido.
-¡Juan Ramón, Juan Ramón! Levántate que vamos a llevar al médico a un demente que ha tocado en la puerta para pedir la hora. Está herido, necesita más que la hora a un sanador que le cure.
Todo esto lo intuía a medida que ella hablaba, no estaba para discusiones. Juan Ramón aparejó la mula, a la que llamaba García, y procedieron a auparme en los lomos de la acémila.
Como no me podía sostener a causa de mis dolencias, subió a mi lado Rosario. Yo me así a su cintura con fuerza.
Antes, me habían hecho una cura de urgencia, agua y un delantal que me liaron a la cabeza a modo de turbante.
El médico tenía sus reales en el pueblo vecino por lo que hubimos de caminar por un sendero de cabras surcado, como orla, por una acequia de aguas bravas y cristalinas.
Era linda la madrugada. Linda, serena, fría pero grata siempre que no estés herido de un sartenazo. El silencio era roto por el leve ruido de las pisadas de la mula y por lo sonidos melódicos, acordes y gratos de las aguas bravas. El cielo parecía una luminaria no lejana de titubeantes estrellas. Ya merece la pena andar de madrugada para oír los silencios y ver el cielo encendido.
En poco más de una hora estábamos en la puerta del galeno.
–Traemos un herido- dijo Juan Ramón a la puerta cerrada. Un rato más tarde se abrió ésta y entramos.
No me apetecía la cura. No tenía aspecto de sanador el doctor. Unos puntos y un vendaje adecuado.
-No morirá de esta-, dijo a modo de saludo.
Terminado este breve acto salimos a la calle y no pusimos en camino hacia nuestras casas.
Volvíamos más expectantes que contentos. Nadie hablaba, sólo la acequia y el lejano sonido de los astros en sus giras espaciales.
Por la Mojonera, un zorro cruzó el camino, se asustó García y nos mandó al suelo a Rosario y mí.
Vuelta al médico.
Rosario se quejaba de una pierna y un brazo, acaso rotos. A mi me manaba sangre por la boca y por la herida curada.
Cuando llamamos otra vez a la puerta, el doctor salió con una escopeta para curarnos. Ya sabía quienes éramos y no por listo, sino por que se lo anunció Juan Ramón.
Curados de nuevo caminábamos menos contentos que la vez anterior. Ya llegábamos a las primeras casas del pueblo cuando García que era además de pacifica poco coceadora, dio una patada a Juan Ramón en cier
tas partes que lo dejó anestesiado. Se ve que al animal no le agradó ese ir y venir, a su parecer sin motivo adecuado. Bajamos de la cabalgadura e intentamos consolar al triste.
En estos menesteres, en ese preciso momento pasaba levitando hacia la sierra la comitiva de los Magos, tres camellos y el guía, el señor del pelo blanco, montado en su asno, le brillaba la sesera. Iban hacia oriente.
Un espectáculo gratificante ver a los Reyes como estrellas fugaces monte arriba, hasta velarse por encima del cerro del Caballo.
Junto a esta visión apareció Orión, esa bella constelación austral situada entre Toro, Gemelos, Eridiano, Liebre y Unicornio, plagada de estrellas singulares. Semeja un gran cuadrilátero, con tres luceros en oblicuo. Las tres Marías en el centro de la formación. Orión aparece en las madrugadas y es digno de contemplar aunque no se esté herido. Sus estrellas parecen desgajadas del cielo como si quisiesen llegar hasta la tierra, brillan hasta el punto de iluminar el ambiente.

Ya asomaba la Aurora de rosados dedos por la cima de la sierra.
Ante esta magnitud y belleza, me sentí privilegiado. Pocos habrán visto, estando heridos, tantas luces andariegas y hermosas.
Juan Ramón y Rosario se iban tirando del ronzal de García hacia su casa ¡Cojeaba el vecino!, ¡cojeaba la esposa!
Como no parece lógico, los Magos no me dejaron nada en mis zapatos de mi hermano Antonio.
No culpo a sus Majestades, andaba perdido en refriegas y ellos al no estar en la casa, dudaron de mi existencia.
Aún no se me ha curado la herida y eso que han transcurrido más de setenta años.
¿Habéis visto la cara que ponen los niños cuando reciben un regalo?
Me refiero a los que no lo esperan, los olvidados, los que vegetan al socaire de las hambrunas en lugar de reír y jugar.
Pensamos que los Magos no desaparecerán mientras haya niños.
Niños somos todos, mujeres y hombres, incluso aquellos que niegan serlo.
Granada, Diciembre del 2,009
Dionisio Carrillo Robles

lunes, 30 de noviembre de 2009

EL CANDIDATO

“Era de conciencia muy exigente y de ingenio muy simple y creo que por esta razón le llamaban Cándido".
(El Cándido, de Françoise Marie Arouet)

Convendría leer al Cándido de Voltaire de cuando en vez. Lo debían de hacer los que aspiran a cargos públicos, hoy que están tan desprestigiados los políticos, acaso con razón, pero no debemos olvidar que no es la prisión la solución y sí la conciencia que anda, al parecer huidiza cuando debía ser reina y señora. Conciencia estricta, como la tendría un Cándido cualquiera.

La palabra candidato deriva de cándido y éste del latín “candidatus”. Como sustantivo significa pretendiente, el que aspira a un cargo.Como adjetivo, según Suetonio, era igual a blanco. Vestido blanco. Blanco significa puro, limpio.En la antigua Roma las personas que aspiraban a un cargo de los elegidos por votación, iban a las plazas públicas vestidos de blanco y esta era la propaganda que hacían para que los votantes supieran que eran candidatos a un cargo concreto.
Pureza, limpieza de espíritu. Es lo que queremos los votantes que esté siempre presente en nuestros candidatos, para ser Diputados, para cualquier cargo ya del Estado, Comunidad Autónoma o Municipio.
No siempre los candidatos de la antigua Roma eran puros, pero al menos esa era su propaganda. En su interior posiblemente aleteara el deseo de enriquecerse, de utilizar el cargo para rodearse de personas influyentes, de vestirse el ropaje de los negocios, de aspirar a ser importantes, Pero para los votantes era el puro, el que cumpliría su palabra, el que dedicaría a la función pública su esfuerzo, su sabiduría y su capacidad para obrar.Éste, se supone era el motivo que le llevaría a aquellos señores romanos a vestirse de blanco, de pureza, de limpieza de espíritu para ir al “ágora” con el uniforme de los puros.Las circunstancias suelen, a veces, torcer los deseos. Luego vienen los “imponderables”. No todo lo que se desea por bueno y noble que sea, se puede hacer. Motivos de Estado, se solía decir cuando el dictador de turno quería saltarse las normas y actuar de acuerdo con sus intereses particulares o de clase, ahora podrían ser de “partido”. Somos seres imperfectos y por tanto nuestros actos pueden adolecer de esa imperfección, pero no es esto. Una cosa es no poder obrar de acuerdo con la norma y otra muy distinta burlarla.No debemos pensar que alguien que acepte un cargo público (igual a carga, algo que pesa, que fastidia) lo haga pensando en alterar las leyes para enriquecerse. Esto suele venir después en el decurso de los acontecimientos. Caso de que ocurra, el puro debe rechazar la ocasión, no sólo ésta, sino cualquier desvío que conduzca a abusar del cargo, a usar los conocimientos de privilegio adquiridos en su puesto de trabajo, porque se trata de un deber que obliga a cumplir y respetar las normas y las leyes aunque seas tu mismo el que las elabora. No se debe olvidar que éstas, las leyes, obligan a todos en general y muy particularmente al legislador para dar ejemplo, para no defraudar a los que lo eligieron para el cargo.No es fácil ser candidato. “La cosa pública” tiene unas exigencias particulares. El cargo es sacrificio y deber. También lleva aparejado, gloria, fama y poder. Aún así, es sacrificio y como tal debemos respetar y agradecer a los que se sacrifican en beneficio de la sociedad. Siempre, como parece lógico, que obren en conciencia. Si defraudan a los electores estarán derribando la Democracia y abriendo camino a los “salvadores” a esos que tienen en el bolsillo la solución a todos los problemas.
Granada, Noviembre 2,009
Dionisio Carrillo Robles.