lunes, 30 de noviembre de 2009

EL CANDIDATO

“Era de conciencia muy exigente y de ingenio muy simple y creo que por esta razón le llamaban Cándido".
(El Cándido, de Françoise Marie Arouet)

Convendría leer al Cándido de Voltaire de cuando en vez. Lo debían de hacer los que aspiran a cargos públicos, hoy que están tan desprestigiados los políticos, acaso con razón, pero no debemos olvidar que no es la prisión la solución y sí la conciencia que anda, al parecer huidiza cuando debía ser reina y señora. Conciencia estricta, como la tendría un Cándido cualquiera.

La palabra candidato deriva de cándido y éste del latín “candidatus”. Como sustantivo significa pretendiente, el que aspira a un cargo.Como adjetivo, según Suetonio, era igual a blanco. Vestido blanco. Blanco significa puro, limpio.En la antigua Roma las personas que aspiraban a un cargo de los elegidos por votación, iban a las plazas públicas vestidos de blanco y esta era la propaganda que hacían para que los votantes supieran que eran candidatos a un cargo concreto.
Pureza, limpieza de espíritu. Es lo que queremos los votantes que esté siempre presente en nuestros candidatos, para ser Diputados, para cualquier cargo ya del Estado, Comunidad Autónoma o Municipio.
No siempre los candidatos de la antigua Roma eran puros, pero al menos esa era su propaganda. En su interior posiblemente aleteara el deseo de enriquecerse, de utilizar el cargo para rodearse de personas influyentes, de vestirse el ropaje de los negocios, de aspirar a ser importantes, Pero para los votantes era el puro, el que cumpliría su palabra, el que dedicaría a la función pública su esfuerzo, su sabiduría y su capacidad para obrar.Éste, se supone era el motivo que le llevaría a aquellos señores romanos a vestirse de blanco, de pureza, de limpieza de espíritu para ir al “ágora” con el uniforme de los puros.Las circunstancias suelen, a veces, torcer los deseos. Luego vienen los “imponderables”. No todo lo que se desea por bueno y noble que sea, se puede hacer. Motivos de Estado, se solía decir cuando el dictador de turno quería saltarse las normas y actuar de acuerdo con sus intereses particulares o de clase, ahora podrían ser de “partido”. Somos seres imperfectos y por tanto nuestros actos pueden adolecer de esa imperfección, pero no es esto. Una cosa es no poder obrar de acuerdo con la norma y otra muy distinta burlarla.No debemos pensar que alguien que acepte un cargo público (igual a carga, algo que pesa, que fastidia) lo haga pensando en alterar las leyes para enriquecerse. Esto suele venir después en el decurso de los acontecimientos. Caso de que ocurra, el puro debe rechazar la ocasión, no sólo ésta, sino cualquier desvío que conduzca a abusar del cargo, a usar los conocimientos de privilegio adquiridos en su puesto de trabajo, porque se trata de un deber que obliga a cumplir y respetar las normas y las leyes aunque seas tu mismo el que las elabora. No se debe olvidar que éstas, las leyes, obligan a todos en general y muy particularmente al legislador para dar ejemplo, para no defraudar a los que lo eligieron para el cargo.No es fácil ser candidato. “La cosa pública” tiene unas exigencias particulares. El cargo es sacrificio y deber. También lleva aparejado, gloria, fama y poder. Aún así, es sacrificio y como tal debemos respetar y agradecer a los que se sacrifican en beneficio de la sociedad. Siempre, como parece lógico, que obren en conciencia. Si defraudan a los electores estarán derribando la Democracia y abriendo camino a los “salvadores” a esos que tienen en el bolsillo la solución a todos los problemas.
Granada, Noviembre 2,009
Dionisio Carrillo Robles.

domingo, 22 de noviembre de 2009

BODAS DE ORO

Hoy me he despertado mirando a través de mi ventana, observando los pocos coches que se atreven a desperdiciar las primeras horas de un día de fiesta.Hoy es veintidós de noviembre. Un noviembre extrañamente poco otoñal, intentando serlo, con sus hojas secas, sus árboles ocres, algunos semi pelados, su cielo grisáceo, su olor intermitente a leña quemada en una ciudad, Granada, donde también ésto se está perdiendo.Y en este otoño que tanto le está costando llegar, me viene a la mente esa “Primavera en la vida” con la que inauguramos este blog, versión moderna del diario de siempre, el Rincón de Sileno.Todavía recuerdo aquellos no lejanos días en que Amelia, la inquieta Amelia, casi llevó a rastras, creo que con engaño, a su Dionisio, al aula en donde nos batíamos el cobre con voluntariosos alumnos de los que llaman la tercera edad, para acercarlos al mundo de las nuevas tecnologías.En esa “Primavera en la vida”, magnífico canto al amor, a mi buen Dionisio, se le escapa ese canto, en una frase que hoy, después de disfrutar de unos cuantos años de fuerte amistad, yo resumo en… “Apareció Amelia, un ángel enviado del cielo”…Hoy, queridos Amelia y Dionisio, esa aparición, o al menos sus frutos, cumplen sus cincuenta años. Bodas de oro, le llaman, tal vez porque el oro defina mejor que ningún otro metal la belleza, el valor, la constancia… el amor.Tengo una frase, que tal vez acuñé estando ya acuñada, sin saberlo, que quiero traer a colación en estos momentos: “La sangre, si no es usada como la más bella excusa para el amor, es solo un fluido vital”.Es cierto que a la familia, esa institución un tanto devaluada en estos tiempos de tele basura, prisas, luchas políticas, corrupción y falta de humanidad, se llega por el nexo de la sangre.La familia, se dice, no se elige, te la asignan incluso antes de nacer.Nosotros, que en nuestro seno familiar tenemos la suerte de contar con miembros no preasignados, sino mediante adopción, podemos decir con una sonrisa en los labios, cara de satisfacción, que hemos encontrado, en estos dos seres entrañables, cariñosos, abnegados, solidarios… familiares, a unos segundos padres a los que agradecer todos los días el haberlos conocido. Como tal os hemos adoptado, y como tal os sentimos.Vaya desde estas humildes líneas nuestro reconocimiento, el de esta familia plagada también de amor, a esos cincuenta años en común, en los que, estoy seguro, habéis hecho felices a tanta, tanta gente, y a cuya lista nos hemos incorporado, afortunadamente, como la aparición de una“Primavera en la vida”, la vuestra en la nuestra.
Tomás.

domingo, 1 de noviembre de 2009

ESPEJO ROTO

Para mi amigo Juan Antonio
Aquella noche el reloj que jamás anduvo, dio las tres. Era de madrugada un día seis de Enero. Yo tendría siete u ocho años, no leía el Quijote ni libro alguno, como sí hacía a esa edad un tal Sánchez Dragó. Sonaron las campanadas en el silencio de la noche con su ruido metálico. El reloj estaba ubicado en el resalte de la chimenea, otra cosa inútil, blanqueada y en desuso desde siempre porque su cañón estaba cegado en el piso superior, un camaranchón donde residían las brujas y el demonio, atento a llevarme a su reino, afortunadamente sin conseguirlo hasta hoy.
La ventana desde donde vi a los Reyes se asomaba al cañón del río y desde ella se veía Plunes con sus almendros, la vega de Acequias de lujuriosos verdes, la torre encalada de dicho pueblo, los naranjos del Valle y la sierra hasta el Cerro del Caballo.
Todo era mágico esa noche, ¡como me iba a extrañar de lo absurdo del reloj! Me levanté sin dudarlo. Era la hora. Los Reyes estaban a punto de llegar. Mi madre me había advertido que Sus Majestades eran muy tímidos y no debían ser vistos para evitar que se marcharan sin dejar regalos. Yo razonaba de otra manera y me asomé a la ventana. Abrí el postigo y un frío helador penetró en la habitación, los pelos del flequillo me taparon los ojos, aún así vi a los Reyes montados en sus camellos, animales nunca vistos por estas tierras, pero la magia ni razona ni encuentra obstáculos. No les veía la cara, con sus tocados insólitos la tenían velada. Junto a ellos había un cuarto personaje, era anciano, la cabeza semi rapada, blanca, canosa. Me miró con una sonrisa de grata acogida. No se espantaron de mi presencia. El anciano estaba coronado por una estrella luminosa, se ve que era el guía. Ya no pensé en los regalos, el mejor regalo jamás dejado a niño alguno era su presencia. ¿Quién podría presumir de otro tanto?
A poco se marcharon, sentía el taconeo de las pisadas de las bestias sobre la cuesta del río. Desparecieron y sin solución de continuidad vi la estrella moviéndose río arriba. Enseguida subían la cuesta de Juan Valiente en las estribaciones del pecho Pellejas, se perdieron por el Castillejo y asomaron por la Umbría, siguieron por el Posteruelo, los Prados de Isidoro, el Chorrerón, ya en las faldas del cerro de Caballo, para velarse definitivamente confundidos con el cielo. Todo esto transcurrió en unos segundos.
Veía claramente la estrella moverse hacia arriba sin cesar.
Había más cosas llenas de magia, no sólo esta noche, sino desde el albor de los tiempos. Los niños más pobres ni siquiera soñaban con los Reyes. Nunca pararon en su ventana, posiblemente ignoraran su existencia. Se decía que los Reyes no traían regalos a los niños malos, los que apedreaban perros o no iban al colegio, ¿Qué hacían entonces esos niños que no iban al colegio? Unos hacían de hombres y otros ayudaban a criar a sus hermanos pequeños, no estaban ociosos, no eran motivo de castigo. Pienso que ningún niño es malo. Todos hacíamos perrerías a los perros y a los gatos, incluso robar las naranjas del cura podía ser más grave y no lo tuvieron en cuenta. No era ese el motivo.
Es verdad que los regalos estaban en relación con la economía, pero esto no entra en la magia. Los Magos pueden olvidar ese pequeño desliz y lo olvidan. Todo niño es merecedor de esa magia aunque el regalo sea pobre como el niño. Las ilusiones siempre tienen valor infinito. No es justo matar algo que será más importante que la propia vida.
Muchos años después, he vuelto a ver a Sus Majestades los Reyes Magos. No sólo los he visto, sino que además iba montado en uno de los camellos, el último de la comitiva. He llegado al pesebre y he visto que las bombas de la injusticia, impiedad, intolerancia, fanatismo y avaricia, habían destruido la magia, la magia y la vida.
Nadie debería tener poder para romper magias y menos para silenciar a los Inocentes que somos todos. Mientras se busca la manera de ignorarlo.
Granada, Enero del 2,008.

viernes, 30 de octubre de 2009

EL TORITO


Aquel año, los Reyes Magos fueron espléndidos conmigo, me dejaron en los zapatos de mi hermano Antonio, un torito de cartón, negro brillante, de cuernos afilados y largos, ojos de cristal, oscuros, que se movían cambiando la dirección de la mirada. Unas veces parecían acariciadores, amenazantes otras. No me hizo gracia el regalo. Nunca fueron pródigos con mis zapatos de mi hermano y este año, su largueza me resultó un tanto extraña, máxime el regalo, un toro de cartón de mirada inquietante.
Siempre he tenido sueños con pesadillas en las que entraban, salvo raras excepciones, toros que me perseguían con inquina y el Demonio, con peores propósitos. Unas veces el toro y otras el Demonio, éste con la sana intención de llevarme al asadero del Infierno. Aparecía tan real, tan temible, que mis gritos pidiendo socorro se perdían entre las manos del Maligno que me apretaban la garganta. Se ve que lo primero era ahogarme y después, rendido y perdida la vida, me transportaría al Hades.
Nunca le vi con claridad, pero si le sentí. Venía desde una estampa de la Virgen del Perpetuo Socorro, que colgaba en una pared del dormitorio. La Virgen con sus alados pies, pisaba la cerviz del Monstruo, y tal vez al menor descuido escapaba al pie de la Madre y venía en mi busca. ¡Que manía! Yo era malo, pero con la maldad propia de un niño. Demasiado castigo para tan pobre pecado.
Mis arrepentimientos eran sinceros, pero los malos actos se repetían como la respiración. Acaso no tuviera remedio, cada cual nace con su programa que debe cumplir y luego ser castigado por sus acciones voluntariamente aceptadas, como se acepta el pedrisco y la helada.
Sin duda el demonio me tenía ojeriza o lo contrario, querencia para convertirme en su ayudante. En este caso ya tenía trabajo.
El Demonio escapaba del control virginal y aparecía, al menos creía verlo, como una especie de Quasimodo, trepando por las torres de Notre Dame.
Indudablemente mis gritos no los oía nadie. Cuando me despertaba, sudaba aunque fuera invierno, agitada la respiración, mojadas las manos.
Esta noche, como otrora, del reloj que nunca anduvo, en el silencio de la madrugada, sonaron sus campanadas con chirriante son metálico. Me levanté. Estas desobediencias a los mandatos de mi madre, que me repetía que no me asomara a ver a los Magos, eran sin duda las que me hacían tentador a los ojos del Maligno. Estas desobediencias y los malos modos con mis hermanas y robar las naranjas del cura, por no citar los golpes al gato mientras dormía, a mi que no me dejaban sestear en la cama, el gato, un animal de cuatro patas, durmiendo a pata suelta. Asomaba la envidia por la puerta.
Me acerqué a la ventana y otra vez, vi a sus Majestades los Reyes Magos. Me estoy, dije, tornando en práctico en confraternizar con los Magos. Oí las pisadas rompiendo silencios alejándose hacia el río. Subían por la Loma de Acequias. En la fuente del Saúco hicieron una tímida parada y después desaparecieron por Fuente Fría, y el cerro de las Minas, hasta velarse camino del río de Lanjarón.
Debo añadir que mantuve con ellos una leve conversación de gestos. Hasta otro año - me dijeron - y a su vez, les deseé buena caminata a Oriente.
Acaso también vaya tras ellos, montado en un camello, por obra y gracia de mi amigo, Juan Antonio el de Fuente Fría.
El torito de cartón me miraba con sus ojos de cristal y cuernos afilados. Ya habían pasado los Reyes repartiendo regalos. Los camellos con sus trotes saltarines huían hacia la sierra. La luna se asomaba por Plunes, resbalando por el Cerro de Acequias. No había estrellas.
Todavía de madrugada soñé, o era ya otro día. No lo se. El torito de cartón vino conmigo a jugar. Mejor yo lo llevaba en brazos, lo dejé en el suelo y comencé una partida de canicas con mi amigo José. Iba ganando mi amigo, que a pesar de la amistad nuca se dejaba ganar. No me apenaba este hecho, lo quería más que a mis hermanos. Era hijo único y de cierta capacidad económica, lo que le avalaba en los juegos. Aún así era mi mejor amigo.
El torito nos miraba y se ve que se molestó por la prepotencia de José. Se hizo como una nube y en un tránsito de resplandores, se convirtió en un animal grandote y fiero. Comenzó a rascar el suelo con sus largas patas y en un amago envistió a José, que quedó atónito, como yo. No sabíamos que había ocurrido. Parece que le corneó en una pierna. Acudieron ante nuestros gritos unas personas mayores y el torito huyó calle arriba.
Alguien llamó a la Guardia Civil que acudió presta a cazar a la fiera.
Después sucedieron una serie de absurdos que nadie ha sabido explicar. Primero José no pudo ser curado de nada porque no tenía ninguna herida. La Guardia Civil no encontró al toro por parte alguna y ningún vecino dijo haber visto al animal excepto los que presenciaron el ataque del toro a mi amigo. Por último nadie se ponía de acuerdo en la descripción del animal. Muchos vieron a una persona con aspecto de animal. Otros dijeron que les pareció un camello y alguien lo describió como un jorobado, feo y repugnante.
Me callé y me fui a la casa a buscar al torito. Sabía que estaba en el camaranchón donde lo había castigado por mirarme con malos ojos durante la noche. Allí estaba, tendido a pesar de no ser esa su postura de objeto. Me miró con una especie de mirada de complicidad.
Tomé una decisión heroica, yo, un tímido cobarde. Lo cogí en mis brazos, bajé a la cocina donde ardía un fuego bastante grande y lo arrojé a las brasas. Una llamarada lo envolvió y desapareció en un instante.
Estuve triste unos días hasta que fui a confesar con don Fernando. Éste, al oír lo de las naranjas del huerto del cura, me dio un tirón de orejas, suave, sin malicia.
Ya sabía, dijo, que eras tú, pillín.
No le dio importancia a lo del toro.
De penitencia me mandó que fuera a ver a Consuelo para que me diera una naranja dulce.
No he vuelto a soñar con el demonio y menos aun con toros bravos deseosos de lincharme como si fuera un torero.
Este cuento, como el del año pasado se lo dedico a Juan Antonio, él, a cambio me monta en un camello, siempre en el último de la comitiva.
Hemos llegado a Belén, la meta de nuestras ilusiones. En lugar de un Niño en el pesebre, hemos visto malas caras entre bombas. A lo lejos se oía el llanto de un bebé.
Granada, Diciembre del año 2,008.

domingo, 5 de julio de 2009

EL GUARDA COCHES

Desde hace varios días no veo al guarda coches de mi calle. Era un hombre enlevitado con gorra de subalterno, coloradote, grueso, no alto y barba mal afeitada. Una especie de Sancho Panza urbano. Lo veía feliz, a modo de estatua andante. Pasaba horas y horas a la sombra de los árboles de la calle, o al rebujo de un rayo de sol en el invierno.
Hace varios días que no lo veo ir a la cafetería, iba a desayunar, de prisa como empleado que no debe ausentarse de su trabajo, de prisa con sus pasos cortos, su cara mofletuda. La calle no es muy larga. Diez o quince coches, pero iban y venían, por lo que su trabajo sin ser duro era un constante estar atento al que aparcaba y al que se iba. No decía nada, pero los parroquianos no lo olvidaban.
Le acompañaba en su deambular Juanillo “el Loco”, ya mermado y castigado por una vida sin cobijo, sin salario, sin familia. Hacían pareja. Se tomaban sus vasos de vino y le daban a la litrona. También ha desaparecido Juanillo, aunque sabemos que acogido en una casa de ayudas a necesitados. Juan era amigo de los hermanos Corona, cuando vivían en el llamado Puente Cristiano, en una casilla que después derribaron.
¿Dónde estará Sancho Urbano? ¿Habrá acertado una quiniela y será rico olvidando los coches? ¿Estará de vacaciones con el Imserso? ¿Se habrá muerto? Acaso esté enfermo.
Su trabajo reducido se ceñía a una calle olvidada por el Ayuntamiento, todas las demás las tiene acotadas para cobrar impuestos indirectos con la famosa “ora”.
Posiblemente era un regalo del edil de tráfico, esperemos, caso de ser así, que no le exigiera alguna gabela.
Sancho no ha vuelto a la calle desde primeros del mes de febrero. El invierno ya se sabe que suele hacer acopio de mayores y mendigos.
Los que hemos notado su ausencia, sin conocerlo, sin haber hablado nunca con él, notamos su falta, como si fuera uno de los árboles talados o arrancados. Estaba ahí, no sembrado, tenía pequeños movimientos, sobre todo en sus idas al bar, de prisa para no dejar abandonado el trabajo.
Solía hacer tertulia con el dueño de la librería y con los albañiles de la obra ya terminada.
Me preocupa su ausencia.
Granada, Junio del 2.009
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sábado, 4 de julio de 2009

SUSPIROS AL AIRE

Había nacido en una primavera aún no lejana perdida entre los recuerdos de sus vuelos infantiles. El lugar, una alameda de las márgenes del río de escaso caudal de aguas claras, frescas, vivificantes. Sus embotados sentidos percibieron como algo extraordinario los primeros ruidos, el murmullo del campo, el susurro del viento meciendo los álamos, la lluvia ingrata empapando el nido, el sol calentando sus plumas ateridas y las llegadas continuadas de sus padres con la comida en el pico, como mensajeros del futuro junto a la camada donde "Veloz", añorando a Juan Sebastián Gaviota, crecía día a día, viendo y sintiendo crecer las plumas, perder la pelusa, mejorar su aspecto de guacharro y notar la alegría de vivir expandida por la alameda como don divino dejado con largueza, también sobresaltos, el pedrisco, la tormenta, el azor de garras afiladas y un tumulto de acechanzas, aún ignoraba las más graves, pendientes de llegar.
La alameda donde nació limitaba tierra adentro con una vega donde crecían entre frutales, olivos, almendros y viñedos, sementeras de trigos y otros cereales. Lejos, muy cerca de los cielos, se asomaba la sierra como una pared que velaba el más allá, si es que existía. Hacia poniente unas lomas sinuosas pobladas de pinos.
Jamás olvidaría estas visiones percibidas desde la atalaya donde asentaba el nido en sus cortos vuelos acompañado de la familia. El amanecer del día, cuando la aurora apagaba estrellas y con pincel coloreaba los campos.
El empezar de la naturaleza a desperezarse, el canto de la vida, aves, insectos, mariposas y los que topeaban por el suelo, miles de ruidos, sinfonías, mezcladas con estruendos. El despertar del río, venido del sueño y el canto de la catarata suavizada en el remanso. Quedaban lejos los silencios, adobados con miedos, la oscuridad, el canto del mochuelo y la lechuza de garras agudas, miedos amortiguados por la presencia de los padres, fuertes invencibles, poderosos.
Al fin se vio el sol con cara risueña asomado a lo más alto del monte, la luz precedía al calor iluminando los campos. Se percibía como sinfonía de fondo, el jolgorio salido de la ciudad, el ir y venir sin solución de continuidad. El cotidiano suceder de las horas, de los días, meses.
Ya adulto, "Veloz" hizo piruetas en el aire, desafió a las alturas, se confundió con la alondra, huyó del azor, más rápido que el águila, voló. El río y la alameda quedaron lejos. Sus hermanos, más sensatos merodearon en los bajos de la arboleda, cerca del agua, al rebujo de lo conocido, a la asombra de lo seguro, ignorando otras realidades, seguros del pequeño mundo que los rodeaba, gozando de lo cotidiano, felices en la monotonía.
"Veloz" traspasó las nubes, más allá de las moles serranas, vio otros mundos, otros paisajes, otras asechanzas. Se hizo noche y no supo encontrar el camino de regreso al predio donde se alzaba la alameda. Posado sobre un arbusto durmió una larga vela, ruidos desconocidos, miedos viejos y nuevos.
De nuevo el día iluminó el campo y su mente. Hambriento, vencido, derrotado pudo alcanzar el terreno querido, la maleza, el río y la alameda. Pero sólo permaneció un tiempo corto, nacido para la aventura, la rutina, la monotonía de volar sin salir del predio le llevó de nuevo a las alturas, al cielo dominio de las águilas.
Más arriba de sol subió, la tierra aparecía lejana y plana vestida de verde, las alas ligeras le llevaban hacia lo desconocido. Un vuelo sin retorno, ahora su aguda vista sólo percibía una especie de neblina en todas direcciones. No sabía si volaba hacia arriba o por el contrario descendía. Perdió la noción del tiempo y se dejó llevar.
Ya en el infinito vio las paredes donde todo acaba, el otro lado del mundo.
¿Qué hacer, dónde posar sus patas, dónde plegar las alas?
En un lejano horizonte de arreboles rojizos percibió algo de vida. Un tiempo después, acaso un día, un mes, un año se posó sobre algo que parecía tierra. ¡Agua!, dijo y bebió. Ya satisfecho quiso volar mas no pudo, estaba atrapado en unos espartos untados de liga. Más tarde un rapaz le acariciaba y le libraba de las ligaduras.
No pudo contar a sus padres nada de lo visto, nada de nada. Porque no los volvió a ver, ni vio de nuevo la alameda.
Estaba en la luna, junto con aves de fuego, entes diminutos voladores, llorones y él convertido en estatua de porcelana, adornaba una vitrina entre leones y seres ligeros como la luz.
Un sueño de vida, o una vida soñada. Sin embargo, no lejos se oía el murmullo del pueblo y el canto del agua del río.
Granada, Junio del año 2009.
Dionisio Carrillo Robles

lunes, 15 de junio de 2009

UN CANARIO EN CASA

Venía volando por el patio, titubeaba sin saber donde posarse. En esas dudas osó parar en el alfeizar de nuestra ventana que estaba abierta, se supone que venía acosado por necesidades imperiosas.
De la ventana voló al interior de la cocina donde estaba la familia reunida. Era la hora del desayuno y algunos comían tan despacio que daban tiempo a que nos invadieran las aves.
A Piti, nuestra perrita “yorsaid terrier”, buena y poco ladradora, se ve que se le despertó el instinto. Ella hacía de niña pequeña y de pronto se sintió canina. Entre tantos depredadores estuvo a punto de cazar al canario, pero éste tuvo suerte y lo cogió uno de mis hijos. Pasó de mano en mano hasta llegar a mí. Todas las manos lo acariciaron. No obstante al cogerlo con la delicadeza que se toma a un bebé, noté las palpitaciones de su corazón, minúsculo pero vivo, agitado, acosado por el miedo. Me acordé de aquella breve pero linda poesía.
”Al cuello de una humilde golondrina,
ató un cordón Inés,
le dio cien besos,
la llamó divina
y la soltó después.”
No recuerdo al autor o autora, aunque estoy pensando en Gertrudis Gómez de Avellaneda. No lo se. Acaso fuera Gutierre de Cetina y sus epigramas.
No venía huyendo Pablito y sí buscando refugio. Había escapado, posiblemente sintió los arrebatos de la libertad y se lanzó a ella y no encontró en su loca carrera más que enemigos y ausencias.
Repito que me punzaba en la cabeza la golondrina de Inés. Mis intenciones, eran darle la libertad. Pero alguien que lo mantenía en sus manos, ya le había dado un nombre. “Pablito”. Ya tenía, su prisión dorada ¿Acaso era lo que buscaba?
Recuerdo haber leído o visto en la tele, a uno de esos seres humanos que la ley los ha tenido durante muchos años en prisión y que al alcanzar la libertad vagabundeaban alrededor de lo que fue su casa.
Ignorados, sin cobijo, perdidos en medio de un mundo alocado, donde las prisas y los deberes sólo ven en un semejante perdido un obstáculo que les hace perder unos segundos preciosos para llegar pronto a ninguna parte, porque no hay sitios para el que busca sin cesar donde posarse aunque esté seguro de lo que desea.
El canario Pablito vivió largos años como uno más de la familia. Piti, su nombre acusa la moda de minimizar, figuraba en el Registro, ya ha fallecida, con el de Pitiusa, por venir de la isla de Ibiza.
Piti se pasaba horas enteras mirando a Pablito que canturreaba, nunca llegó a perderse en una melodía, lo suyo era unos gorjeos semejantes a gritos para llamar la atención y saltar del palillo donde se posaba al bebedor y de allí a comer y vuelta a empezar.
Un volar mínimo reiterativo casi estúpido, pero que a él le resultaba reconfortante pues estaba alegre y nunca protestó de sus monótonos recorridos.
La concordia anida en la conformidad.
La felicidad siempre huidiza, si se alcanza, suele estar, en los lugares y en las cosas más simples y cotidianas, a veces, en la misma rutina que nos anonada.
Nos preguntamos. ¿Cómo es posible que sea feliz una persona que cada día va de su casa al trabajo y vuelta al hogar, sin apenas otras distracciones? Sin embargo se aferra a esa vida y goza y disfruta de ella, porque además no hay otra alternativa y porque allí recibe un salario que le permite vivir con su familia y gozar de pequeñas esparcimientos los fines de semana.
No es mala la prisión o el asilo si nos dan cobijo y condumio, aunque haya otras cosas mejores.
Pablito estaba contento. Tenía la seguridad de que Piti no lo alcanzaría. No temía al azor, al que no conocía. Comía y bebía con moderación para evitar el colesterol y otros males. En una palabra, era feliz.
Esperemos que cante, cuando llegue la primavera. Dije yo, como entendido en estaciones. Pero no cantó, ni en esa ni en las siguientes.
Es hembra dijo una vecina que había tenido un gato y sabía mucho de estos animales.
Siempre se ha dicho que las hembras no cantan.
No miramos unos a otros y seguimos esperando que cantara Pablito, o Paulina. Si era hembra, no debía tener un nombre masculino, no es correcto.
Pasaron los años con las ausencias del canto y una mañana, mi mujer aficionada al café, tenía un molinillo escandaloso con el que tritura el grano. Esta operación se hacía en el poyo de la hornilla, pero este día el azar caprichoso, voluble y a veces antipático, la llevó al alfeizar de la ventana junto al lugar donde excepcionalmente estaba Paulina con su jaula. Como siempre alegre, juguetona a pesar de los años.
Al empezar el diabólico ruido del molinillo el pájaro cayó fulminado y no volvió a decir ni pío.
Lo metí en el agua, le dimos masajes de pecho, pero todo resultó inútil. La había matado el ruido imprevisto, oído en otras ocasiones pero lejos, no a menos de una cuarta de su espacio, como en este día.
Hubo un duelo improvisado, alguno de mis hijos no quería ir al colegio. No debo ir y dejarlo de cuerpo presente, decía.
Hicimos un día de descanso para velar a Pablito.
Al siguiente de mañana, fue el sepelio.
Metido en una caja de zapatos, en procesión, vestidos de duelo, marchamos por el Cañaveral hasta llegar a una parcela de tierra apta para abrir un pequeño hoyo y allí depositamos sus restos, al abrigo del cierzo.
Unos celajes alargados velaban el sol. Un perro callejero nos ladró al pasar.
He olvidado decir que con nosotros venía Piti, adornado el cuello con un lazo negro.
Los ruidos del tráfico me llevaban a la muerte de Pablito. Afortunadamente estaban algo lejos, aún así sentí el latido del corazón un tanto agitado.
A la vuelta una vecina nos preparó un caldo de gallina donde nadaban unas patatas.
Granada, Noviembre 2,008. Dionisio Carrillo Robles